sábado, 16 de mayo de 2015

Sentencia del Tribunal Supremo del día Z

Firma la orden la vecina sexagenaria del séptimo B que nos oyó hacer el amor por última vez.

He hablado del amor como si lo conociese. Y por eso me declaro culpable de señalar con el dedo a inocentes que creían que sus vidas estaban descritas en catorce líneas, tres putadas y un fin.

Canalla, imbécil, traidor, creyente de vivir pensando en ser poeta embotellado en cerveza barata con expectativas más allá de unos lunares de un Sábado noche.
El amor son menos de 140 caracteres, a veces ni se necesitan y otras se guardan en borradores, por si acaso.
Es creer que existe, y encontrarlo en una reunión de antiguos alumnos juntando vino blanco y música de los ochenta. Por error.
El primer amor se olvida hasta que la vida te lo estampa en la cara.

Puedo ampararme en la idea de que es casualidad, hasta la llegada del aviso a juicio al buzón del correo. Como vista ejemplar del desastre absoluto.

Pido al Tribunal que se rinda ante el propósito de echar a correr.
A mí nunca me han querido bien, ha sido sin querer. O queriendo como si buscasen una lima debajo de mi ropa, con las prisas, y luego al acabar encontrasen la llave en su bolsillo para huir rápido de la celda. Siempre sabiendo que tenían ese plan B, previsto con antelación.

Después de pedir su presunción de inocencia el amor se declara universal. Tiene todos los derechos del mundo a tratarnos cruelmente, después de tantas palabras vacías. Pero le creo cuando dice que él nunca mata, que sería incapaz.
Mitad del jurado está a punto de aplaudir, y la otra mitad espera el veredicto sentenciandome a pena de suerte.
Que es menos pena si es contigo.

El resultado final está a la espera, después de cuatro llamadas, silencio, un pitido, un contestador con tu voz, que me habla desde el otro lado pidiendo que deje mi mensaje cuando tengo 21 escritos en notas de papel.
El derecho a la intimidad de dos desconocidos reencontrados que se pasea con la petición de amistad en Facebook y siete iconos sonriendo en una conversación que dura menos que calentar café.

Y se me va a dar fatal besar hasta que venga, el amor digo, y que me llame mientras suena mi contestador.

Porque también me declaro culpable de no quererle incondicionalmente
para empezar a querernos de esas formas y maneras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario