sábado, 30 de mayo de 2015

Secuencia de una declaración a corazón abierto

Estoy organizando el guión que nunca voy a representar en este entierro de dudas. Tacho 89 veces la palabra que me repetiste sin hacer el amor, porque éste ya se había ido a un paraíso fiscal a encerrarse bajo llave. A multiplicarse en papeles vacíos.
Me miro a las estrías, líneas blancas que acarician mis muslos. Los cambios de humor, de peso, de vida. Me están sacando los documentos que dieron rumbo al escalofrío de una piel que ardía, se están acordando de la postal jamás escrita. Tengo los ojos rojos de llorar, dormir poco, y no drogarme de palabras llenas, y cervezas vacías. Una docena de cristales verdes se reflejan en el espejo, cada vez tengo un cuerpo más delgado, no hasta el punto de dejar de quererlo porque es el único hogar de verdad que vivo sin decidirlo antes, sin buscar alquileres de una temporada, solo es para que mi cavidad torácica se habitue a respirar por uno, sin aire externo con lenguas salvajes en clave de tí.

Ibas a ser el co-protagonista de una futura película magnifica que quedó en un capítulo piloto. Segundas partes nunca fueron buenas, dicen.
Probablemente empiece a fumar, rozar con los dedos la inspiración de volverme por un microsegundo Hepburn o Bardot, tener a miles de almas suspirando a mi paso, ser la musa de alguien que escupa palabras en un papel, o al menos intentarlo. Siempre que veíamos películas donde alguna chica era fumadora, el discurso final era el clímax, la no respiración, la aspiración a mil respuestas, por el humo que se estaba llevando los miedos y los caminos sin retorno.
Me siento espina y no rosa.
Llevo conmigo la risa de un chico al salir de una atracción de terror y ver la cara de su pareja llena de pánico, con su brazo rodeandola.
Pero apunto aquí mi negación de tener héroes en mi vida.

Decido yo ser villana, testigo y heroina.

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