miércoles, 29 de abril de 2015

X

Le llamaba "equis" aunque me sobraba la explicación que todo el mundo daba de él pero que nunca admitía. 
"Equis" por todas las veces que nunca supo volver a mi isla desierta. Y de las que se le olvidó buscar el tesoro escondido. 

Llevaba la camisa de cuadros azules y negros los días que sabía que iba a follar, con su sonrisa pícara  de no haber dormido en toda la noche. Y el último día que decidí quedar con él esos colores le acompañaban a su paso por Gran Vía. 

"¿Dónde está tu sonrisa, cowboy?", cállate, imbécil, no preguntes, no quieras saber, no mires su pequeña marca de nacimiento detrás de la oreja izquierda, no caigas. 


Anoche he leído un poemario de amor y no me he sentido identificada con nada, ni con nosotros. Ni las canciones de las que todo el mundo habla tienen una pizca de lo que he pasado contigo. Esto no te lo cuento porque no somos versos de los que venden, somos palabras tachadas y graffitis ilegales hechos en segundos en cualquier metro de Madrid. 
He probado la nueva droga que venden en el callejón a tres calles de la discoteca. Y me he dado un viaje bonito pero no me ha llevado a tu espalda, ahora estoy notando los efectos malos al mirar tus labios decir palabras que no escucho. Te prometí que no me drogaría y tú que no te irías y estás contándome algo de una nueva chica. 
Probablemente bese mejor que yo y sea más alta y más guapa y te haya hecho olvidar mi nombre. Igual en algún momento confundes vocales y consonantes y dices el mío cuando la preguntes si quiere repetir plato, durante el telediario de las nueve. Y nos rescatamos. Mierda.

Joder, ahora me hablas de que estás en paro, cómo si fueras el único que está perdido en este mundo. Yo estoy buscando el momento exacto en el que giré hacia la derecha y tú hacia la izquierda, mientras giro la cucharilla del café. 
Siento las miradas de otras chicas en ti mientras sonrío con un chiste malo.
 ¿A quién has embaucado hoy para ir a tu cama?

"Equis" tenía el historial de búsqueda lleno de casos perdidos, monstruos debajo de la cama que intentaba esconder de su mente con quienes se ponían encima de ella (excepto yo que lo acompañe en el baño de un bar con gritos de enfado mientras aporreaban la puerta), y quince mordiscos en el hombro izquierdo, cuatro arañazos en la espalda de chicas licenciadas en morirse por sus largas piernas. 
También recuerdo que en una fiesta contaste que la chica con la que te diste el segundo beso a los trece, diez años después te hizo una mamada y fue mejor que el propio beso. 

Qué hijo de puta eres, de los que no se ven venir pero sí irse (que son los peores),
 espero que no le digas a nadie lo nuestro y que me quede ahí, en esa isla desierta.
Con un mensaje de socorro puesto con piedras, sin Wilson a quien contarle nuestras penas, 
y encontrando el tesoro que escondí hace años. 

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