sábado, 31 de agosto de 2013

A mi yo del pasado le diría: eternamente, no te enamores de él.


Huele a vainilla y la vida me ha devuelto a aquella calle. Y no era París, pero parecía, aunque no lo hubiéramos pisado nunca. Bendito buscador de Google.

Cantaba un chico francés, joven, no llegaba a los treinta, me imaginé su vida con solo escucharle, mientras dos bailaban un vals sonando un blues, y me pareció fantástico.
¿Por qué debían aprender unos pasos determinados para una melodía? Hasta eso tiene que estar cronometrado, y es un asco. 

Tú ni siquiera te fijaste, porque buscabas la manera de entender cómo ese hombre tocaba tan rápido la armónica y tus pies seguían el ritmo, pero una chica veinteañera te miraba, dos compases de cada cinco, y la odié, no hasta el punto de gritar en esa plaza que eras mío, porque lo grité en la noche,
Solo creo que envidiaba su cuerpo, sus ojos, sus caderas, o todo lo que a mí me faltaba..

y te sonreí cuando me miraste, y me agarraste el muslo, por debajo de aquel mantel.

El helado de vainilla voló con Edith Piaf, y con él mis celos. La chica desapareció entre la multitud.
La pareja de bailarines, se convirtió en un grupo, coordinado, con sentido, haciendo desaparecer ese caos, y nosotros en unos espectadores,
    antes de tiempo.

Tiempo, para tiempo, sé tiempo, dame tiempo, coge tiempo para, llega a tiempo, tiemp.. tiembl.. tiemblo.. tiem.. tiento..
Y tiento y siento que.

El reloj marca las ocho, hace diez minutos te he escrito un poema en un folio rojo, que es ahora mi manera de versar,
quiero que sea leído en otros idiomas para que veas que en todos ellos significa lo mismo.

Huele a vainilla y es tan nosotros,
   mon amour.

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